Imperio Romano, año 117. (Imagen generada con IA)

He aquí una de aquellas curiosidades de la Historia que, por olvidadas, no dejan de ser verdaderas y dignas de memoria. Porque, si bien el sol de nuestro Imperio se alzó en Occidente y en las Indias, también los derechos de la antigua Roma de Oriente vinieron a posarse, por merced del destino y de la sangre, sobre las coronas de Castilla y Aragón.

El último titular de la Corona del Imperio bizantino fue el valeroso Constantino XI Paleólogo, quien, en mayo del año del Señor de 1453, cayó muerto a manos de los turcos otomanos en la defensa final de Constantinopla, aquella ciudad que había sido durante mil años baluarte de la cristiandad y heredera de la grandeza romana. Con él se extinguía de hecho el Imperio de Oriente, mas no así el derecho legítimo a su corona.

Tras la muerte de su padre Tomás Paleólogo —hermano menor del emperador caído—, Andrés Paleólogo, sobrino de Constantino XI, se erigió en sucesor de iure del Imperio Bizantino. Refugiado en Roma bajo la protección de los Estados Pontificios, ostentó con soberbia el título de Imperator Constantinopolitanus (Emperador de Constantinopla), y durante años mantuvo viva, aunque frágil, la pretensión de restaurar el antiguo poderío de sus mayores.

Buscando recursos y apoyo para tan alta empresa, ofreció en primer término sus derechos imperiales al rey de Francia y Nápoles, Carlos VIII, a cambio de oro y de promesas de cruzada. Mas el monarca francés falleció antes de que el trato se cumpliera, y aquellos derechos volvieron a manos de Andrés. Este, ya en la pobreza y consumido por las necesidades de una vida de exilio, quiso hallar mejor fortuna. Así, en el año 1502, por medio de su testamento fechado el 7 de abril, cedió y legó todos sus títulos y derechos imperiales a los Reyes Católicos, doña Isabel de Castilla y don Fernando de Aragón, designándoles a ellos y a sus sucesores como herederos universales.

De esta suerte, la corona de España vino a ser depositaria legítima de la dignidad imperial de Constantinopla. Y, sin embargo —¡oh paradoja de la Historia!—, no se tiene constancia de que ningún monarca español haya usado jamás este título. Ni los Reyes Católicos, ni Carlos V, ni Felipe II, ni ninguno de sus herederos reclamaron públicamente la corona de los Paleólogos. Quizá porque ya España, por sus propias gestas, había forjado un imperio más vasto y más glorioso, donde, como bien se dijo, nunca se ponía el sol. Quizá porque el peso de tantas coronas y el cuidado de tan inmenso patrimonio bastaban y sobraban a quienes regían los destinos de medio mundo.

Sea como fuere, queda este singular episodio como testimonio de que la Monarquía Hispánica no solo conquistó y evangelizó nuevas tierras, sino que también, por derecho de sucesión y de testamento, se erigió en heredera de la antigua Roma de Oriente. Un derecho que, aunque nunca se ejercitó, permanece como una de las más curiosas y olvidadas joyas de nuestra historia imperial.

Así, entre las muchas grandezas que adornan la memoria de nuestros reyes, se cuenta también esta: que fueron, de iure, emperadores de Constantinopla, sucesores de Constantino 'el Grande' y de todos aquellos que ciñeron la diadema de la Nueva Roma.

Referencias:

  • FLORISTÁN IMÍZCOZ, J. M.: «La corona de Aragón y el imperio bizantino de los Paleólogos», en R. DURÁN TAPIA (COORD.), Mallorca y Bizancio, Palma de Mallorca, 2005, págs.103-15.
  • «Linajes imperiales bizantinos en la corte de España (c. 1571-1621): Comnenos, láscaris, cantacuzenos y paleólogos», en Erytheia, núm. 33, 2012, págs. 117-163.
  • NEGRO CORTÉS, A. E.: «La vertebración histórica de la Península Ibérica: De la Hispania Citerior a los Reyes Católicos», en Revista de Estudios del MUVI, VI Jornadas de Historia Meléndez Valdés, núm. 7, España, 2016, págs. 98-117.