Detalle del cuadro 'Los dos caudillos' o 'El Gran Capitán contemplando el cadáver del duque de Nemours', por José Casado del Alisal (Senado de España, 1866).

Existe en la cultura española un tópico generalizado y de larga vida, conocido como «las cuentas del Gran Capitán». Con él se alude a aquellas ocasiones en que las cuentas no se muestran con claridad, a explicaciones pedidas sobre algo a lo que no se tiene derecho, o a relaciones poco circunstanciadas en cualquier ámbito. La anécdota que le dio origen —cuya divulgación algunos asocian a una comedia homónima de Lope de Vega— es una de las más sabrosas y reveladoras de nuestra historia imperial.

Sucedió a finales del año 1506, cuando concluía la gloriosa Campaña de Nápoles durante las Guerras de Italia. El Rey Fernando el Católico, deseoso de consolidar el dominio español sobre aquellas tierras tras el Tratado de Blois, desembarcó en la costa napolitana y, según se cuenta, pidió cuentas detalladas de los grandes gastos en que había incurrido Gonzalo Fernández de Córdoba, el invicto Gran Capitán, durante aquella empresa. A Gonzalo no le sentó bien aquella muestra de desconfianza por parte del monarca a quien había entregado un reino entero.

Así, en presencia de Fernando —posiblemente en el Castel Nuovo de Nápoles—, el Gran Capitán se dispuso a dar las cuentas. Con voz serena y gesto altivo, comenzó a leer partidas de este jaez:

«Por picos, palas y azadones, cien millones de ducados; por limosnas para que frailes y monjas rezasen por los españoles, ciento cincuenta mil ducados; por guantes perfumados para que los soldados no oliesen el hedor de la batalla, doscientos millones de ducados; por reponer las campanas averiadas a causa del continuo repicar a victoria, ciento setenta mil ducados…»

Iba enumerando de este modo diversas partidas extravagantes, de suerte que los tesoreros del Rey empezaron a reírse. Cuando el murmullo se fue diluyendo, Gonzalo alzó la voz y concluyó con soberbia dignidad:

«…y, finalmente, por la paciencia de tener que descender a estas pequeñeces del rey a quien he regalado un reino, cien millones de ducados.»

Aquella respuesta desafiante ha sido interpretada a lo largo de los siglos de dos maneras muy distintas. Para unos, forma parte de la Leyenda Negra, pues reflejaría el carácter orgulloso, temerario y altanero de los generales españoles. Para otros —y esta es la lectura más justa y generosa—, constituye una muestra luminosa de las virtudes viriles de la raza española: la altivez del que ha conquistado reinos, la ironía del soldado que desprecia las mezquindades del oro cuando ha ofrecido su sangre y su genio, y la dignidad del caballero que no tolera que se ponga en duda su lealtad.

Lo que se sabe con certeza es que en 1507, al terminar su viaje a Italia, Fernando el Católico relevó a Gonzalo Fernández de Córdoba del cargo de Virrey de Nápoles. Ambos, rey y general, regresaron juntos a España en la misma comitiva. El Gran Capitán volvía a la Península después de una década de ausencia, cargado de gloria y de heridas, pero también de aquella amargura que a veces acompaña a los grandes servicios prestados a la Corona.

Así nació la expresión que aún hoy se usa. Y así quedó grabada en la memoria de España la figura de aquel capitán que, después de ganar un reino con la espada, se permitió responder al monarca con la misma altivez con que había vencido a los franceses. Porque en la historia de la Monarquía Hispánica no solo brillan las conquistas y las batallas: brillan también los gestos de orgullo legítimo de quienes las hicieron posibles.

Referencias

  • ARCE JIMÉNEZ, R. y BELMONTE SÁNCHEZ, L.: «El Gran Capitán: repertorio bibliográfico», en Ayuntamiento de Montilla, 2000, 227 págs.
  • CARANDELL, L.: «Las anécdotas de la política. De Keops a Clinton», en Debolsillo, Barcelona, 2000, 288 págs.