Entre marzo y mayo de 1741, una gran expedición británica dirigida por Edward Vernon intentó conquistar Cartagena de Indias. La defensa, encabezada políticamente por el virrey Sebastián de Eslava y en el mar por Blas de Lezo, resistió hasta forzar la retirada. Fue una victoria estratégica importante, pero sus cifras y protagonistas han sido simplificados por la memoria heroica.
La Guerra del Asiento
España y Gran Bretaña competían por comercio, navegación y poder en el Caribe. Los tratados de Utrecht habían concedido a la South Sea Company el asiento para introducir personas esclavizadas en la América española y un navío anual de permiso. El contrabando y las inspecciones de guardacostas generaron conflictos constantes.
El episodio de la oreja cortada al capitán Robert Jenkins se convirtió en argumento parlamentario para una guerra declarada en 1739. De ahí el nombre británico War of Jenkins' Ear, Guerra de la Oreja de Jenkins, y el español Guerra del Asiento. El conflicto formó después parte de la Guerra de Sucesión Austríaca.
Vernon capturó Portobelo en noviembre de 1739 con una fuerza relativamente pequeña. La noticia fue celebrada en Gran Bretaña y reforzó la idea de que los puertos españoles podían caer mediante ataques navales rápidos. Cartagena era un objetivo mucho más complejo.
Una llave del Caribe
Cartagena protegía rutas entre el Caribe, el istmo y el interior de Nueva Granada. Su bahía tenía dos entradas principales y un sistema de fuertes, baterías y canales. Bocachica era la entrada navegable para grandes buques; tras ella se encontraban la bahía interior, la ciudad amurallada y el castillo de San Felipe de Barajas.
La defensa no dependía de un solo hombre. Sebastián de Eslava, virrey de Nueva Granada, tenía la autoridad superior y dirigía fuerzas terrestres y decisiones de gobierno. Blas de Lezo, teniente general de la Armada y comandante del apostadero, aportaba experiencia naval, artillería y conocimiento de la plaza. Ingenieros, oficiales, tropas regulares, milicias, marineros, personas esclavizadas y auxiliares indígenas participaron en la resistencia.
Lezo había perdido una pierna, un ojo y movilidad en un brazo en combates anteriores. El apodo moderno «Mediohombre» resume esas heridas, pero no fue la razón de su capacidad: llevaba décadas de navegación y guerra, desde la Sucesión española hasta operaciones en el Mediterráneo y América.
La expedición de Vernon
La fuerza británica era enorme, aunque los recuentos cambian según se incluyan buques de línea, fragatas, transportes, embarcaciones menores, marineros y tropas coloniales. Participaron regimientos británicos y contingentes de las colonias norteamericanas. Lawrence Washington, hermano de George Washington, sirvió en la expedición.
Vernon mandaba la flota y Thomas Wentworth las tropas terrestres. La coordinación entre ambos fue difícil. El clima, el agua, las enfermedades y el terreno imponían límites que el tamaño de la armada no podía resolver por sí solo.
Cifras según las fuentes. La documentación y la historiografía sitúan la expedición británica aproximadamente entre 120 y más de 180 embarcaciones si se cuentan todos los transportes y unidades menores, con unos 20.000 a 30.000 hombres entre marinería y tropas. La defensa disponía de seis navíos y aproximadamente 3.000 a 4.000 combatientes de distintas clases. Estas cifras son rangos, no recuentos simultáneos exactos.
Bocachica
La ofensiva comenzó a mediados de marzo. Los británicos bombardearon las defensas de Bocachica y desembarcaron tropas para atacar fuertes y baterías. Lezo utilizó sus navíos como parte del sistema defensivo. Algunos fueron hundidos para estrechar canales o evitar su captura cuando la posición resultó insostenible.
Tras semanas de resistencia, los defensores abandonaron Bocachica. La flota británica entró en la bahía y la caída de Cartagena pareció probable. Vernon envió noticias optimistas; en Gran Bretaña se acuñaron medallas que representaban a Lezo arrodillado ante el almirante. La imagen celebraba una victoria que todavía no se había producido.
Eslava y Lezo concentraron la defensa en torno a la ciudad y San Felipe. Las discrepancias entre ambos fueron reales y después se acusaron mutuamente. Presentar a Eslava como obstáculo cobarde y a Lezo como único salvador distorsiona una dirección compartida y conflictiva.
San Felipe de Barajas
El momento decisivo llegó con el ataque británico al castillo de San Felipe en abril. Las tropas de Wentworth avanzaron de noche, pero encontraron obstáculos, fuego defensivo y escalas insuficientes para algunos sectores. El asalto fracasó con fuertes pérdidas y desorganización.
La defensa aprovechó fortificaciones adaptadas al terreno. Fosos, pendientes, baterías y salidas de los defensores multiplicaron la dificultad. No fue simplemente un combate frontal decidido por valor individual: ingeniería, información y errores de planificación determinaron el resultado.
Después del fracaso, los británicos mantuvieron operaciones y bombardeos, pero su capacidad terrestre se deterioró. Las enfermedades tropicales, en especial fiebre amarilla y otras infecciones, causaron una parte enorme de las bajas. Enfermedad y combate no son explicaciones rivales: el asedio creó condiciones que facilitaron el desastre sanitario.
Retirada y victoria estratégica
Vernon levantó el sitio y la expedición abandonó Cartagena en mayo. La ciudad siguió en manos españolas y el plan británico de golpear el centro del sistema caribeño fracasó. Las fuerzas atacantes realizaron después otras operaciones sin lograr el resultado estratégico esperado.
La defensa preservó las comunicaciones de la Monarquía y limitó la expansión británica en el Caribe español. No decidió por sí sola toda la guerra, que continuó en un marco internacional más amplio. Tampoco fue una batalla naval convencional: fue una campaña anfibia y un asedio con fases marítimas y terrestres.
Lezo, Eslava y la disputa por el mérito
Blas de Lezo murió en Cartagena el 7 de septiembre de 1741, probablemente por enfermedad agravada tras el sitio. El lugar de su tumba no se conoce con certeza. Antes de morir había enviado su propia relación y mantenido un duro enfrentamiento con Eslava.
Eslava recibió el título de marqués de la Real Defensa y continuó una importante carrera. Su autoridad, previsiones y presencia fueron fundamentales. La recuperación moderna de Lezo corrigió un olvido, pero a veces lo hizo borrando a Eslava y al resto de defensores. La investigación militar española ha advertido expresamente contra esa sustitución de un héroe por otro.
Las medallas británicas anticipadas se convirtieron en símbolo de arrogancia castigada. Son fuentes propagandísticas valiosas, aunque no prueban que Londres ocultara por completo la derrota. El Parlamento y la opinión pública conocieron críticas y pérdidas, dentro de una guerra con otros frentes.
¿La mayor derrota naval de la historia?
No existe una medida objetiva que permita sostener esa fórmula. ¿Se compara número de barcos, bajas, consecuencias políticas o proporción entre fuerzas? Además, Cartagena fue un asedio anfibio, no solo una batalla naval. La afirmación funciona como lema conmemorativo, no como conclusión académica.
La victoria no necesita ese superlativo. Resistir a una expedición muy superior, después de perder las defensas exteriores y en condiciones epidémicas, fue un logro militar significativo. Su explicación colectiva es más sólida que una leyenda de duelo personal entre Vernon y Lezo.
Memoria de una defensa
Cartagena muestra el funcionamiento de una frontera imperial: fortificaciones construidas durante décadas, milicias locales, navíos, financiación y conocimiento ambiental. También revela los límites del poder naval. Una flota podía abrir una bahía y destruir baterías sin controlar una ciudad bien defendida.
La campaña dejó miles de muertos, la mayoría británicos y muchos por enfermedad. Recordarla con rigor exige reconocer a Lezo y Eslava, a las fuerzas locales y a los atacantes coloniales, así como aceptar rangos de cifras. La documentación sostiene una victoria notable sin convertirla en la «mayor de todos los tiempos».
Después del asedio
La retirada británica conservó durante un tiempo parte de su propaganda inicial. Antes de conocerse el desenlace definitivo se habían acuñado medallas que mostraban a Vernon recibiendo la rendición de Lezo. Esas piezas se citan a menudo como prueba de arrogancia, pero son sobre todo documentos de comunicación política producidos mientras la información de campaña todavía era incompleta.
Cartagena permaneció bajo soberanía española y el fracaso limitó el objetivo británico de obtener una posición decisiva en el Caribe. La guerra continuó en otros escenarios y terminó sin que una sola campaña resolviera la competencia imperial. Lezo murió en septiembre de 1741, meses después del asedio; Eslava continuó su carrera y recibió reconocimientos de la Corona.
La fortificación siguió siendo esencial. Las reparaciones y obras posteriores incorporaron lecciones del ataque y reforzaron un sistema defensivo unido al relieve y a los canales de la bahía. El resultado de 1741 no demostró que una plaza fuera inexpugnable: mostró cuánto podían multiplicar su resistencia la preparación, el terreno y la coordinación.
Bibliografía
Fuentes primarias
- LEZO, Blas de: diario y relaciones sobre la defensa de Cartagena, Biblioteca del Museo Naval.
- Correspondencia de Sebastián de Eslava y Edward Vernon, 1741.
Bibliografía moderna
- VICTORIA, Pablo: El día que España derrotó a Inglaterra. Madrid, Áltera, 2005.
- HARDING, Richard: The Emergence of Britain's Global Naval Supremacy. Woodbridge, Boydell, 2010.
- RODGER, N. A. M.: The Command of the Ocean. Londres, Penguin, 2004.


