Recreación de la Controversia de Valladolid (1550). (Imagen generada con IA)

He aquí un hecho singular, casi milagroso en la historia de las naciones, y que basta por sí solo para desmentir muchas de las calumnias que la Leyenda Negra ha esparcido sobre la Monarquía Hispánica. Porque no hubo en el mundo otro príncipe, ni otra nación, que se atreviese a detener el curso de sus conquistas para preguntarse, en alta voz y en la plaza pública, si eran justas.

El historiador hispanista e hispanoamericanista estadounidense Lewis U. Hanke, profundo conocedor de estas materias, escribió con admiración:

«Probablemente nunca, ni antes ni después, un poderoso emperador –y en 1550 Carlos V era el gobernante más fuerte de Europa, con un gran imperio ultramarino, además–, en todo el apogeo de su poder, ordenó que cesaran sus conquistas hasta que se decidiera si eran o no justas.»

Así lo hizo el Emperador Carlos I de España y V de Alemania. En el colmo de su poderío, cuando las banderas de Castilla y Aragón ondeaban ya en vastísimas tierras de América, y cuando ningún monarca de la tierra podía rivalizar con él, mandó suspender las nuevas entradas y conquistas en el Nuevo Mundo hasta que teólogos, juristas y hombres doctos deliberasen sobre la legitimidad de aquella empresa. Fue entonces cuando se celebraron las célebres disputas de Valladolid, donde se enfrentaron las razones de fray Bartolomé de las Casas y las de Juan Ginés de Sepúlveda, y donde se debatió abiertamente el derecho de España a conquistar y evangelizar aquellas tierras.

Como bien se afirma en el libro 'Responsabilidad histórica: preguntas del nuevo al viejo mundo':

«Podemos afirmar que por primera y única vez en la historia, una nación (España) puso a discusión en la plaza pública la justificación jurídica de una guerra que llevaba a cabo en las Indias.»

Ninguna otra potencia de la Edad Moderna –ni Inglaterra, ni Francia, ni Portugal, ni Holanda– detuvo jamás sus armas para someter a juicio de conciencia y de derecho la empresa que emprendía. Solo España, bajo el cetro de Carlos V, tuvo el valor moral y la grandeza de espíritu de interrogarse a sí misma ante Dios y ante los hombres.

No se trata de negar que hubo excesos, ni de pintar de oro lo que fue obra de hombres imperfectos. Se trata de reconocer que, en medio de la conquista más vasta que el mundo haya visto, la Corona española y sus letrados se detuvieron a preguntar si aquello era justo. Y esa sola pregunta, formulada en el apogeo del poder, basta para distinguir a España de cuantas naciones se han lanzado a dominar tierras ajenas.

Referencias:

  • ALMARZA, J. M.: «Responsabilidad histórica: preguntas del nuevo al viejo mundo», en Anthropos, España, 2007, 398 págs.
  • DUMONT, J.: «El amanecer de los derechos del hombre: La controversia de Valladolid», en Ediciones Encuentro, enero, 2024, 316 págs.